En al menos 65 países las mujeres no pueden trabajar en profesiones lucrativas relacionadas con el transporte, las manufacturas, la construcción, el agua, la energía y la minería.
El mundo rara vez ha estado en una situación más difícil. Los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes, provocando mayores daños económicos, incluso en los países más ricos. La inseguridad alimentaria va en aumento, y el cambio climático empeora este problema.
En 2022, alrededor de 2400 millones (PDF) de habitantes —casi un tercio de la humanidad— no tuvieron acceso a alimentos nutritivos, inocuos y suficientes durante todo el año, y las mujeres y las niñas son las principales afectadas: representan casi el 60 % de las personas que enfrentan una grave situación de hambruna.
Para superar amenazas de esta magnitud, la economía mundial debe funcionar a toda máquina. Hoy, no obstante, el crecimiento se está desacelerando en casi todo el mundo. Para fines de 2024, la población de más de 1 de cada 4 países en desarrollo seguirá siendo, en promedio, más pobre de lo que era antes de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, en la mayoría de los países, los responsables de formular políticas siguen dejando al margen a una fuerza económica potencialmente transformadora: las mujeres.
Mujeres ausentes en puestos claves
Las mujeres constituyen la mitad de la población mundial. Sin embargo, están notoriamente ausentes en los puestos de toma de decisiones, lo que socava la resiliencia económica. Pocos jefes de Estado son mujeres, y ellas siguen siendo minoría en los puestos ejecutivos de los directorios, y en los cargos de liderazgo.
La reducción de la brecha de género en el empleo podría incrementar el producto interno bruto (PIB) per cápita a largo plazo en un promedio de casi un 20 % en todos los países. En resumen, la justificación económica de la igualdad de género en el lugar de trabajo nunca ha sido tan importante.
Las cifras son alarmantes. Hoy en día, alrededor de tres cuartas partes de todos los hombres participan en la fuerza laboral, pero la proporción es de solo 1 de cada 4 mujeres en Asia meridional, y de solo 1 de cada 5 en Oriente Medio y Norte de África. Esta brecha de género daña el desarrollo económico, dificulta la asignación eficiente de los recursos, y limita la fuerza de trabajo.
Fomentar la inclusión económica igualitaria fortalece a las sociedades y las impulsa a tener una mayor resiliencia. Sin embargo, las leyes discriminatorias, la aplicación deficiente y las barreras sociales continúan obstruyendo el progreso de las mujeres y frenando el potencial económico de las naciones.
Considere lo siguiente: en al menos 65 países las mujeres no pueden trabajar en profesiones lucrativas relacionadas con el transporte, las manufacturas, la construcción, el agua, la energía y la minería, sectores que suelen ofrecer remuneraciones más elevadas. Cuando a las mujeres se les permite asumir empleos idénticos a los de los hombres, con frecuencia deben enfrentar una marcada diferencia salarial. En 93 países, aún es jurídicamente aceptable pagar menos a las mujeres por empleos de igual valor.
Una oportunidad desaprovechada
La difícil situación global se ve agravada por fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes, generando daños económicos significativos, incluso en naciones desarrolladas. La inseguridad alimentaria, exacerbada por el cambio climático, afectó a cerca de 2400 millones de habitantes en 2022, casi un tercio de la población mundial, siendo mujeres y niñas las más afectadas, representando el 60% de aquellos en grave situación de hambruna.
A pesar de la urgencia de superar estos desafíos, el crecimiento económico se desacelera globalmente, y para fines de 2024, más de una cuarta parte de los países en desarrollo seguirá siendo más pobre en promedio de lo que era antes de la pandemia. En este panorama crítico, la falta de inclusión de las mujeres en la toma de decisiones económicas se presenta como una oportunidad desaprovechada. Aunque constituyen la mitad de la población mundial, las mujeres están notoriamente ausentes en roles de liderazgo, socavando la resiliencia económica y limitando el potencial transformador de esta fuerza económica.
A pesar de estas evidencias alarmantes, la brecha de género persiste en la participación laboral, con solo una cuarta parte de las mujeres en Asia meridional y una quinta parte en Oriente Medio y Norte de África formando parte de la fuerza laboral. La discriminación de género no solo daña el desarrollo económico, sino que también dificulta la asignación eficiente de recursos y limita la fuerza laboral.
La necesidad de fomentar la inclusión económica igualitaria se destaca como crucial para fortalecer sociedades y aumentar su resiliencia. Sin embargo, las leyes discriminatorias, la falta de aplicación y las barreras sociales siguen obstaculizando el progreso de las mujeres y frenando el potencial económico de las naciones.
(*) Banco Mundial











