Redacción/ Miami.
El Tribunal Supremo está revisando el veto migratorio propuesto por Donald Trump para aceptarlo o no. Pero mientras tanto, acepta que se prohíba la entrada al país de las personas de varios países del mundo de mayoría musulmana a no ser que exista una relación con entidades o personas de Estados Unidos. Esta decisión supone un pequeño triunfo para Donald Trump que vio en un momento, a principios de año, cómo parecía que una de sus promesas estrella de la campaña podía morir en la orilla. Parece que, a priori, Trump ha recibido la comprensión del Supremo.
El Supremo ha trabajado en diferentes etapas. En un primer lugar, dejó el veto en estudio y finalmente ha aceptado el caso por unanimidad, lo cual posibilita que hasta que se llegue a una decisión definitiva, aquellos ciudadanos provenientes de Somalia, Libia, Irán, Siria, Sudán y Yemen que no tengan relación alguna con personas naturales o jurídicas estadounidenses encontrarán las puertas cerradas del país norteamericano. Esta decisión supone un antes y un después en la política exterior de Estados Unidos. “Es una clara victoria de nuestra seguridad nacional. Como presidente no puedo autorizar la entrada de quienes nos quieren hacer daño”, expresó con cinismo exultante el magnate.
El veto, por tanto, suspende 120 días el programa de refugiados y paraliza durante otros 90 la concesión de visados a ciudadanos de estos países, todos de mayoría musulmana. Sin embargo, es una versión dulcificada de un primer decreto que atentaba con más contundencia contra la libertad de las personas de estos países. El texto original incluía a Irak e impedía la entrada a viajeros con visados ya aprobados y residencia permanente.










