Pero aunque la matemática está clara, la conclusión está errada. El impuesto futuro sólo puede surgir en la medida en que los tipos de interés y la inflación hayan aumentado, y los bancos estén creando nuevo crédito y dinero en forma de depósitos, lo que multiplicaría el efecto estimulador inicial del recorte de impuestos o el gasto financiados con emisión monetaria. Hay un impuesto futuro, pero es uno que los bancos centrales deben imponer para garantizar que el estímulo no supere el objetivo original.

De modo que los argumentos que señalan la ineficacia de la financiación monetaria no son convincentes. Si fueran correctos, deberían implicar lógicamente que ninguna cantidad de financiación monetaria, por grande que sea, puede estimular jamás la demanda nominal. Pero el sentido común, la lógica y la historia nos enseñan que si los gobiernos y los bancos centrales crean y gastan dinero a gran escala, es inevitable una hiperinflación. El único riesgo de la propuesta no es que tenga poco efecto, sino que tenga demasiado.

Para determinar si la financiación monetaria es una política deseable hay que responder dos preguntas. La primera es si hace falta más demanda nominal. Pero hoy casi todo el mundo coincide en que sí. Algunos dirán que es mejor que no haya inflación a tener 2%, y que el obstáculo al crecimiento no es la falta de demanda nominal suficiente sino otros factores que operan del lado de la oferta. Pero si así fuera, entonces sería mejor no tratar de estimular la demanda nominal por ningún medio; deberíamos oponernos no sólo a la financiación monetaria sino también a las tasas de interés negativas, a la flexibilización cuantitativa y al estímulo fiscal financiado con deuda. Si la falta de demanda nominal es un problema (y si un aumento de la inflación es deseable y una aceleración del crecimiento real es posible), la financiación monetaria debería ser una opción.

Pero tal vez no sea una opción deseable (y esta es la segunda pregunta) si los riesgos políticos derivados son demasiado grandes. Porque el argumento contra la financiación monetaria que realmente importa no depende de tecnicismos acerca de futuros impuestos implícitos, sino del peligro de que si violamos el tabú y la tratamos como una opción aceptable, los políticos querrán usarla una y otra vez.

Puede que sea por el gran temor a que eso ocurra que algunos economistas buscan razones técnicas para demostrar su ineficacia. Pero es un ejercicio inconcluyente que sólo logra distraer la atención de la pregunta crucial: ¿podemos diseñar reglas y responsabilidades institucionales que garanticen un uso prudente de la financiación monetaria? Si no podemos, tal vez nos aguarden muchos años de escaso crecimiento con herramientas insuficientes para resolverlo.