Redacción/ Miami.
Hasta los árboles de hoja perenne acaban viendo caer sus hojas en algún momento de su vida. Hasta los presidentes más sanguinarios y dictatoriales acaban cediendo el poder. Parecía que nunca ocurriría, pero Robert Mugabe, presidente de Zimbabue durante 37 años, dimitió en el día de ayer como jefe del estado africano tras las presiones recibidas por varios líderes que pedían su dimisión y su salida del poder para evitar una confrontación bélica en el país.
Mugabe ha salido del poder, pero lo ha hecho sin recomendar ningún presidente en el futuro y asegurando que ha sido él quien decidió salir de la presidencia a los 93 años. Quien ha sido responsable de leer la carta en la que Mugabe ha anunciado su dimisión ha sido el presidente del Parlamento, Jacob Mudenda: “Yo, Robert Gabriel Mugabe, presento formalmente mi renuncia, con efecto inmediato”, los diputados han estallado en celebraciones y aplausos. Desde hace una semana, el ejército había tomado el control del país y había anunciado que se estaba efectuando un golpe de estado. Rápidamente, los analistas internacionales se apresuraron a explicar que lo que se estaba produciendo en el país africano no era una explosión de libertad ni una revolución democrática sino más bien una lucha de poder. Lo cierto es que el propio partido de Mugabe, el ZANU-PF suspendió a Mugabe de sus funciones y estaba acorralándolo para que dejara su puesto en la presidencia del gobierno. Mugabe ha acabado cediendo, aunque mostrándose todavía como un hombre fuerte que sólo da su brazo a torcer por su propia voluntad.
Aunque las informaciones son contradictorias y poco confiables, parece que la primera dama, Grace Mugabe, quería ser la nueva presidenta del país. Para ello, impulsó la destitución del ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa, quien aspiraba a suceder a Mugabe. Finalmente, el partido del presidente más longevo de África ha optado por acabar con la dictadura eterna de Robert Mugabe.










